Acepta el veredicto

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viernes, 30 de mayo de 2014

AL JEFE DE CAMPAÑA DEL PP, QUE ME HA LLAMADO FRIKI.

AL JEFE DE CAMPAÑA DEL PP, QUE ME HA LLAMADO FRIKI. 

¿Frikis? No tienes ni puta idea de lo que significa esa palabra, ni de dónde viene, ni de que manera se la apropió el apestoso mundo del corazón para reírse de gente que no está bien de la cabeza delante de millones de personas. Pero yo le voy a dar otro uso, más parecido al que le das tú (grupos de raretes a los que no hay que hacer caso, minoritarios y sin futuro) porque hasta de las palabras os hacéis dueños.
Friki, es un señor que tiene un Miró en el baño y tigres en el jardín.
Friki es un señor que roba dinero público perteneciendo a la familia real. WTF!
Friki es un señor que roba dinero a niños violados o víctimas de catástrofes.
Frikis son señores que estafan a ciegos o a analfabetos o a niños haciéndoles firmar contratos bancarios de los que nada saben y luego se ponen su propia jubilación millonaria.
Frikis son los presidentes que dan ruedas de prensa escondidos tras teles de plasma sin aceptar preguntas.
Frikis es Fabra, cojones, con sus aeropuertos sin aviones y sus plenos dictatoriales. Tan FRIKI como te hace el hecho de haber "ganado" n veces la lotería.
Friki es un señor que evade 60 millones y en la declaración le sale 10.000 a devolver.
Friki es Feijoo que habla del daño que hace la corrupción al partido y sale en un barco con narcotraficantes condenados. Repito. Sale en un barco con narcotraficantes condenados.
Y Friki eres tú, sociólogo de pacotilla, jefe de campaña del PP, Tú, que vas revestido con un halo de inspector de policía franquista. A juzgar por los resultados de estas últimas elecciones, no te estás enterando mucho de la movida.

jueves, 6 de febrero de 2014

A TODO CERDO

                                     

Era diez de Noviembre, víspera de San Martín,  así que Nicomedes sacó los utensilios de la matanza y se los llevó a Herminio, el herrero, que tenía la fragua calle mayor abajo, justo donde la acequia que regaba los huertos de las afueras del pueblo serpenteaba alejándose de la acera.  El viejo forzudo se quedó mirando los cuchillos y demás utensilios que le traía su amigo, oxidados pero todavía amenazantes, una vez hubo desenrollado el viejo paño de cuero desgastado. Aunque hacía frío en el taller y un par de carámbanos yacían deshechos en el suelo como resultado de haber abierto la pesada puerta, Herminio sólo vestía un desgastado pantalón de pana marrón y una camisa de tirantes que dejaba ver una tupida pelambrera tanto en el pecho como en los hombros de su dueño. Se diría que sus manos, forjadas como un metal más al calor de la fragua durante décadas, hubieran podido doblegar cualquier material con un leve esfuerzo y unas maldiciones lanzadas al calor de las chispas.


-Nicomedes, si ya no tienes fuerza “pa na”. - dijo con un fuerte acento aragonés.


-Este año si. Me los limpias y me los afilas Herminio.


-Y qué vas a hacer tú con tanto hierro, ¡Maño! Si ya no tienes gorrinos.


-Voy a Calamocha a por uno. Mañana es San Martín.



Esperó pacientemente en el poyo tallado de la puerta de la herrería viendo pasar las nubes y saludando de vez en cuando a algún vecino encorvado. Eran pocos ya. Anselmo se había muerto el invierno pasado y nadie había ido a hacerse cargo del asunto. Sólo se dieron cuenta  cuando comenzó el deshielo y los gatos empezaron a salir de la casa con trozos de su cara descongelada entre los dientes. La Puri sólo venía a recoger la cosecha de nueces con sus hijos y nietos.  El Joto igual. Todos. Todos iban desapareciendo para ir a morir a las residencias de las ciudades donde sus hijos vivían. Aún quedaban algunas familias que se negaban a marchar, pero sin hijos. O con los hijos tan lejos que ya no eran hijos.
Dentro de la herrería, Herminio había dado lustre y afilado con el torno del ciclomotor los utensilios de Nicomedes, que ya había terminado su cigarro de picadura. Salió al escuálido sol de Noviembre y le tendió el paquete de cuero.


-No sé a qué viene este interés por la matanza. ¿Va a venir alguien a ayudarte?


-Toma, diez euros.


-Considera. No los quiero, Nicomedes. Si no he hecho nada. Afilar no es lo mismo que forjar.


-Tus diez euros.


-¡Que no! ¡Que ya me darás unos chorizos!


Nicomedes se levantó del poyo con un leve crujir de las rodillas y se acercó a Herminio.


-No te quiero dar chorizos. Quiero pagarte por el trabajo que has hecho. Así que no jodas, Herminio, y coge las perras.


Herminio cogió el billete sin dejar de mirar a Nicomedes a los ojos. Eran negros como los bosques de Andorra, el pueblo minero de Teruel donde había bajado tantas veces, antes de dedicarse al pastoreo y al campo.  El herrero lo vio alejarse por la senda que llevaba a su casa, antaño bien cuidada y hoy llena de ortigas y maleza.  De vez en cuando podía ver su cabeza al otro lado del muro, allí donde el adobe y la grava se había derrumbado incapaz de resistir el paso del tiempo, hasta que finalmente se perdió en un recodo del camino.



Nicomedes llegó a casa nervioso. La cosa estaba en marcha. Al día siguiente iría a por el gorrino a Calamocha. Lo esperaría pacientemente a que saliera, lo subiría en el bus de vuelta y, ya en casa, le rajaría el vientre desde el cuello hasta los testículos.
Esa noche no cenó nada. Simplemente encendió la lumbre y se quedó mirando la danza terrorífica de los objetos sin vida en la soledad de la casa. Vió la foto de su mujer, Josefina, el día de su boda, bajo el olmo de la plaza. Ahora el olmo estaba igual de muerto que esa foto y, aunque allí pareciera inmortal, un árbol al que había que rodearlo juntando los brazos de diez hombres jóvenes, ahora sólo era un tocón aterido sangrando el tiempo a borbotones. La guerra no lo había matado. Fue una epidemia que había asolado europa afectando al noventa por ciento de los olmos. Nadie se lo creyó al principio. Un árbol así no puede morir, pensaban todos. Pero lo hizo. Como todo en el pueblo, poco a poco, imperceptiblemente al principio, pero a una velocidad de vértigo después. Nicomedes miró a su alrededor.
¡Qué fría se había vuelto la casa en tan poco tiempo!. Daba igual la leña que echara al fuego. Nunca se terminaría de calentar. Qué más daba. Al día siguiente todo habría acabado.



Se despertó tal como se había dormido, sentado en la vieja silla de madera frente a la lumbre. No recordaba cuándo había cerrado los ojos, pero sí que una lechuza había conseguido entrar en el granero para volver a salir con un ratón en sus garras. La había visto recortada contra la luna llena y habría jurado que estaba tratando de decirle algo que tenía que ver con el invierno y la muerte. Se levantó, escupió a los restos de la hoguera y salió a la  calle. ¿Qué hora sería?
Llegó justo a tiempo para coger el bus que habría de llevarle a Calamocha. Unas pocas personas dormitaban en su cálido interior.. Ahora ya no había casi tráfico entre los pueblos de la comarca del Jiloca. La autovía, como el látigo enorme de un Dios terrible, había restallado en todos los pequeños negocios que una vez habían florecido al pie de la carretera nacional que unía Valencia con Teruel y Zaragoza. Se tardaba siete horas en hacer una viaje que ahora costaba tres. Atascos, camiones atravesados, fondas atestadas. Vida. Negocio.  Ya nada de eso quedaba, excepto los gigantescos bares de autovía, alejados de los pueblos, con restaurantes autoservicio, refrescos a tres euros y jamones de plástico colgando al lado del logotipo de Repsol.
El Bus llegó puntual y Nicomedes bajó junto a los otros tres viajeros en la nueva estación de autobuses de Calamocha.  Era una estructura moderna y gigante, con materiales cromados y grises, a todas luces innecesaria para el tráfico que parecía haber allí. Un bus aparcado, cuatro labradores con mono de trabajo bebiendo carajillos en la barra de la cafetería.y diecisiete dársenas de las cuales dieciséis estaban vacías.  Era un tumor en el pueblo. No había un color, ni una forma, ni nada que hiciera recordar dónde se encontraba uno al bajar del bus. Podría haber estado en Calamocha, Teruel o en San Diego, California. Únicamente el color del cielo y de la tierra alrededor, azul enfermo contra rojo fiebre y las malas hierbas junto a lo que parecía ser un viejo almacén de grano abandonado recordaban al viajero dónde se hallaba. Y el frío. El frío seco y metálico, como el cuchillo de un matarife sin conciencia. A partir de Noviembre  Calamocha se queda en coma. Sus constantes vitales desaparecen debajo del frío. Suspendida en mitad de la meseta, sin abrigo de ningún tipo, cuesta trabajo imaginar porqué alguien decidiría quedarse allí a vivir, a decenas de grados bajo cero, sintiendo el azote del viento y del paisaje doblegado. Hasta los chopos al lado del río parecían querer ponerse de rodillas y ocultar sus ramas bajo la tierra.


Nicomedes encaminó sus pasos hacia la  pocilga donde había de coger al gorrino y no tardó en llegar. El póster de un señor trajeado entrado en años presidía el enorme escaparate de cristal que constituía la totalidad de la pared que daba a la calle. DECORA TU INTERIOR, rezaba el cartel. Por el ingreso de la nómina, un catálogo entero de productos para el hogar. Y si añadías una póliza de seguros, podías elegir una tablet o una smart tv.


Nicomedes leía con gran dificultad toda esa información. Apenas había tenido que leer nada en toda su vida. Para qué. Se planta con luna llena.  Si te cortas las manos, o te salen padrastros,  te meas en ellas todas las mañanas. Si coges una zangarriana, te metes en la cama y bebes aguardiente hasta que sudes todos los demonios. En la mina estar atento al pajarico y correr si estiraba la pata. Un buen perro para las ovejas. Llevarse bien con el alcalde. No hablar de más nunca, en ningún sitio. Beber buen vino todas las comidas ¿Leer? Nunca le había hecho falta.


Iba a entrar en la sucursal del banco pero se lo pensó mejor. Era preferible esperar a que saliera el marrano. Si, el desgraciado aquel que le había convencido para comprar aquellas cosas. ¿Cómo las había llamado?. Preferentes. Un timo. Una estafa. Un robo. Eso había sido. Pero sin arrestos, sin valentía. Un bandolero con corbata. Un robo aprovechándose de su confianza. Nicomedes no se llevaba muy bien con los libros. En cambio, con la vida, era un genio.Cultura ancestral, lo llamaban los niñatos de ciudad. Alejada del artificio y cercana a las estrellas y las estaciones, a los ciclos de la vida y la muerte. Nicomedes sabía como hacer para que un corderico naciera lo antes posible sin hacer sufrir a la madre más de lo necesario, pero jamás había entendido que era eso de las acciones. Un banco sí que sabía lo que era. Dejabas el dinero allí y lo sacabas cuando te hacía falta. Era más seguro que en casa.  Aún recordaba la noche en la que llegaron los nacionales y se llevaron  el poco oro que tenían. Si. Un banco era seguro. De dividendos y comisiones no tenía ni idea, pero había confiado en el gorrino, el hijo de del panadero, y había firmado (no sin dificultad) aquellos papeles. Y ahora no le quedaba nada. Después de una vida entera ahorrando no tenía nada. Ni siquiera había podido dar sepultura digna a su señora esposa. El hijo del panadero ¿Como se llamaba? ¿Luis? ¿Carlicos? Quia, qué más daba. Era un cerdo. Un gorrino que merecía lo que iba a pasarle. ¿Cuantas veces le había llevado a escolapios a Daroca en el tractor? Una educación. Sus padres habían muerto trabajando, literalmente, para que ahora él trabajara en un banco y le robara los ahorros a todas las familias de la zona.


Nicomedes se levantó el cuello del abrigo, se ajustó la boina, lió un cigarro  bien grande y miró su reloj. En dos horas el gorrino saldría. Tocó con el interior del antebrazo el paquete con los utensilios de matanza que llevaba oculto dentro del abrigo y se sentó en el banco a esperar.
Estaba tan frío que dio un respingo, pero sonrió. Mejor, pensaba. Así no me duermo.
El termómetro marcaba once grados bajo cero.


Dentro, en la sucursal de la CAI, un chaval de unos treinta años había visto sentarse en el banco de enfrente a Nicomedes. Era el director de la sucursal de tres empleados y cada día iba a trabajar con el corazón en un puño. Había timado a media comarca y recibía amenazas constantemente. Aunque ninguna como la que le había dicho el abuelo ese de Burbáguena la semana pasada.


-Maño, o me devuelves el dinero que me has robado o vendré con los cuchillos de matar al cerdo y te abriré una brecha de los cojones al cuello para que se desparramen tus tripas por todo el mármol este tan limpico que “tenís”.


-Nicomedes. No ha sido culpa mía. Nadie sabía lo que iba a pasar.


-¡Leches! Yo sé lo que va a pasar siempre en mi casa. Lo sé antes de que pase porque me fijo. Tu igual.


-No es tan fácil.


-Si que lo es. Voy a hacer embutidos con tus entrañas.


-Voy a llamar a la Guardia Civil.


-¿Al Genaro y al Paulino?


-No, esos ya se han jubilado. Ahora hay agentes serios. De verdad. Cumplen la ley.


-Me da igual. Tengo ochenta y un años. Llama a quién te salga de los cojones.



La Guardia Civil apenas había hecho caso de las amenazas de un octogenario, por muy asustado que se mostraba el director. Por eso ahora, mirando a través del escaparate, Carlos consideró seriamente ingresar el dinero al viejo. De su bolsillo. Ese era capaz de matarle de verdad. Quizá podría arañar unos miles de euros de aquí y de allá y hacer que aparecieran en la cuenta del abuelo psicópata. Era aterrador verlo fumar tranquilamente sentado en el banco de la acera de enfrente, como si nada,  a doce grados bajo cero, con la mirada fija en el escaparate.
Al cabo de hora y media ya no pudo soportarlo más y se metió en su despacho a teclear frenéticamente en su ordenador.
Ya estaba. Cuarenta y siete mil euros aparecían en la cuenta de Nicomedes Conde Rubio. Lo solucionaría. Ocultaría el trapicheo de alguna forma y en un par de años todo se habría olvidado, si es que alguien recordaba algo. Era importante que Nicomedes no se lo dijera a nadie, eso sí. Sino podría producirse un efecto en cadena y entonces estaría acabado.
Carlos salió de la sucursal bancaria para hablar con él. Seguía sentado en el banco, impertérrito, con el cigarro colgando de la boca. Hacía un frío demencial. Era increíble lo que estaba aguantando el viejo. Pero claro, estos hombres de campo, pensaba el joven economista, han pasado mil noches al raso, han ido a buscar rebaños perdidos en mitad del invierno, han arado la tierra congelada, han…
Carlos se paró en seco en mitad de la calzada. El viento había parado justo cuando el reloj de la iglesia empezaba a tocar la media. Miró al viejo y miró a su alrededor. No había nadie en la calle. Ni siquiera un papel se movía a merced de alguna corriente helada. Ni siquiera las ramas quebradizas de los plátanos sin hojas indicaban que alguna vez en esa calle hubo vida. Todo estaba en suspenso. Carlos reanudó la marcha hacia el abuelo. Conforme se iba acercando iba viendo más claramente el asunto. Finalmente  llegó a la altura  de Nicomedes y lo que vió en sus ojos le inundó de una calidez brutal, acogedora, como cuando entras del invierno inclemente a una estancia cálidamente ambientada. Carlos era feliz.  Se agachó hasta que su rostro quedó a la altura del rostro del viejo.
El cigarro de Nicomedes colgaba apagado de los labios congelados del anciano. La mirada, hacía unos momentos acuosa, era ahora cristalina, inerte y ligeramente azulada, como el fondo de un caleidoscopio hecho de cristales de hielo.  Las cejas habían comenzado a poblarse de escarcha y en su boca entreabierta se habían formado rejas, allí donde la saliva unía ambos labios.
Carlos pasó la mano a derecha e izquierda por el campo visual de Nicomedes,  para asegurarse de que no veía nada. Miró un momento sus manos, unidas una encima de otra sobre el regazo, un poco temeroso, como esperando que se levantaran repentinamente en busca de su cuello. Pero no. El viejo estaba muerto.


-Joder, abuelo. Menuda mañana me has dado. Que puto miedo.


Carlos entró silvando en la sucursal del banco, se encerró en su despacho y empezó a deshacer todas las operaciones que había estado llevando a cabo las últimas dos horas.
Finalmente, después de haber ejecutado la última se recostó en su sillón.
Miró el calendario que había en la pared y vio que era once de Noviembre, San Martín.
Descolgó el teléfono.


-¿Guardia Civil? Si mire, hay un abuelo muerto en mi calle. En un banco. Si. Sentado enfrente del mío. Jaja. No, ni idea. No le conozco. Vale. Espero. Hasta luego.
Colgó el teléfono y se volvió a recostar en el sillón. Volvió a mirar el calendario. ¿San Martín? ¿No había un refrán con esa fecha?



miércoles, 5 de diciembre de 2012

Todavía es controlable
porque me faltan hermanos
mi actitud es tan loable...
la de no utilizar las manos...
 
Y  aunque nadie se de cuenta
nada ya va a ser lo mismo
mi frustración se acrecienta
y mengua mi pacifismo.

¿Que digo? No lo sé,
sólo sé que estoy jodido
y que los pobres más pobres
y que los ricos más ricos

Que España está de rebajas
y las cárceles vacías
de miembros de clase baja:
políticos y policías

En sus cuellos la guadaña
no huyan a las sacristías
antes que se desangre España
voto por sus señorías.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Todo lo que no puedas dejar atrás.

"El avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas envuelto en la tormenta. Rubén y Alba habían vuelto en asientos contiguos aunque después de cinco años juntos no se habían dirigido la palabra en las 15 horas de vuelo. Romper estando de viaje tiene ciertos inconvenientes. La vuelta es uno de ellos."
Así empieza mi novela online. Hazte seguidor pinchando en el botón azul de la derecha y llévate alguna que otra sorpresa.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Nostalgia ochentera.

video

                                   Cuando el valor de una peli se mide por tan sólo una parida.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Are you talking to me?

13 de Diciembre de 1977

Hoy me ha dado por intentar saber que pasó de relevancia en el mundo el día de mi nacimiento. A parte de mi nacimiento, claro.  Me he llevado una macabra sorpresa.

13 de diciembre de 1977: en el aeropuerto regional Evansville Dress, un chárter DC-3 que lleva el equipo de baloncesto de la Universidad de Evansville hacia Nashville (Tennessee), se estrella en la lluvia y una densa niebla unos 90 segundos después de despegar. Mueren 29 personas, incluyendo 14 miembros del equipo y su entrenador Bob Watson.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/1977

Creatividad twittera