miércoles, 7 de mayo de 2008

UNA HISTORIA ESCRITA EN GRECIA


El último Sol de Sara








El pánico se extendió entre la gente como un incendio en un bosque seco y frondoso. Todo el pasaje corría arriba y abajo, buscando desesperadamente un chaleco salvavidas, mientras el agua entraba ya por las cubiertas tres y cuatro del transatlántico de bandera española L’encert.
El capitán miraba sus cartas de navegación con una expresión de incrédula fascinación, intentando encontrar una explicación a todo aquel desastre. Nunca, en sus cuarenta y cinco años de experiencia a bordo de un gran barco, le había sucedido algo así.
-Señor, nos vamos a pique.- dijo el jefe de maquinas temblando con el informe en la mano. Miraba a su superior esperando una respuesta, pero el capitán seguía quieto como una estatua de sal, bañado por la luz roja intermitente de las alarmas, mirando las cartas de navegación.
“¿Qué coño ha pasado”?
-¡Señor!- insistió el jefe de máquinas.
El capitán se giró entonces y, mirando a su subordinado como si lo estuviera viendo por primera vez, le habló con voz débil y entrecortada, cargada de una suerte de sentido oscuro.
-Váyase, salve la vida.
Fue la última orden que intentó cumplir, pues a la media hora flotaba boca abajo y con los ojos fuera de sus órbitas en medio de un pasillo inundado. La mano del jefe de máquinas, crispada por el rigor mortis, aferraba con determinación la foto de Gloria y Asunción, vestidas de punta en blanco, el día de la comunión de la niña.
Había sido un desastre descomunal, impensable en el siglo XXI, teniendo en cuenta todas las medidas de seguridad existentes. Nadie estaba preparado para un naufragio así. Una posibilidad entre un millón, había dicho el dueño de la compañía. Pero para eso está la estadística, para recordarnos que algún día pasará lo que no puede pasar. Así que de quinientos cuarenta y siete pasajeros y ciento cincuenta tripulantes sólo habían sobrevivido dos barcazas con cincuenta personas, que fueron recogidas por un mercante ruso nada más había sucedido la catástrofe.
En la investigación y juicio posterior comenzaron a surgir sombras de atentados bajo la atenta mirada de la prensa, que se hizo eco del suceso durante años, y las casas de seguro que vieron en el acto criminal una razón para no pagar un duro a los miles de familiares rotos que se presentaron en la causa..
Esa noche, mientras todo el mundo corría a salvarse hacia las cubiertas superiores del barco, Iñaki Canet chapoteaba en busca de Sara. Su mente no paraba de insultarle, “estúpido, estúpido, estúpido…” pero su cuerpo continuaba, con el agua ya en las rodillas, buscando su camarote. Ahí estaba Sara, la única cosa en la vida que le hacía sentir vivo. Y Sara no era una cualquiera.
Era una guitarra de fabricación artesanal, de la familia Carrillo, en Cuenca. Secaban las distintas maderas combinando el frío invernal de la meseta y su caluroso y seco verano. El profesor de guitarra había especificado al encargarla que la tapa fuera de cedro canadiense y esto le había dado un brillo a su sonido especial El volumen que se conseguía si ponías empeño en ello era sencillamente asombroso, pasando de agudos impensables a unos bajos profundos y solemnes. De aspecto era bellísima. Los aros y el fondo eran de palosanto de India, al igual que el mástil. La tapa, quizá la parte más importante de la guitarra, era de color miel intenso y contrastaba elegantemente con el diseño de la roseta. El dibujo que rodeaba la boca de la guitarra era lo que, en apariencia, la diferenciaba de otras. Era la firma del constructor. El diseño del dibujo de Sara era especial. Se había hecho con nácar rojo y cuando le daba la luz mostraba destellos rosados de infinidad de tonos que iban desde el color de la sangre, fuerte, hasta el rosa más suave, como el color de las plumas de ciertos pájaros.
Así que, caminando ya contra corriente, con el agua a la cintura, vio la puerta de su camarote y corrió al encuentro de Sara como si fuera al encuentro de su mujer en la noche de bodas.
Allí estaba la funda negra rígida, la mejor del mercado, protegiendo del agua a su amor. A decir verdad no sólo la protegía, hacía que flotara.
Iñaki se quitó el pelo mojado que le caía en su delgado rostro amoratado por el frío y cogió la funda sintiendo el peso característico que le indicaba que la guitarra estaba dentro, a salvo del desastre.
Ahora el agua le llegaba ya al pecho. Subió por encima de su cabeza la guitarra y empezó a vadear la distancia hacia la puerta. El avance era lentísimo.
-¿“Que has hecho, insensato”?- se recordó mientras intentaba adivinar bajo la escasa luz de emergencia el camino de la salvación.
Se oyó un ruido espantoso, tremendo, como si el mundo se estuviera partiendo en dos y todo fue oscuridad y agua salada.
Iñaki se aferró a Sara con todas sus fuerzas, para salvarla, con el brazo atravesado en las agarraderas y empezó a pensar una melodía, mientras giraba en un descenso enloquecido hacia las profundidades.
Continuará...

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