martes, 16 de noviembre de 2010

ADAPTACIÓN

Esta es la adaptación de un guión para un corto que escribí hace tiempo. Ahí va.

                              ASMA.
Despertó y notó como empezaba a tener una de las sensaciones  más horrible que puede tener un ser humano: la falta de oxígeno. No era nada grave, la verdad, el típico pitido asmático y una cierta pesadez en el pecho. Se incorporó en la oscuridad y recordó.
La fiesta había sido impresionante. La leche de marihuana había causado estragos y lo que al principio había sido una velada de risas livianas acabó convertido en un maremoto de carcajadas incontrolables y personas temerosas del THC queriendo ir a urgencias.
“La repera”- pensó Javi con una sonrisa que se estaba abriendo paso a través de un terrible dolor de cabeza.
Encendió la luz y miró a su alrededor. La habitación parecía el campo de maniobras de un ejército alienígena. La ropa tirada empapaba un charco verduzco producto del vómito, la persiana colgaba destrozada, había cucharas pegadas en las paredes, varias cajas de cd’s se apoyaban en el escritorio con restos de cocaína pegados.  Marisol, Pepe el trompeta y artistas de ese calibre habían servido de soporte.  Vio una foto de la comunión de su hermana que había servido para lo mismo. Sintió arcadas.
Respiró fuerte y un nuevo coro de pitidos llenó el aire de la habitación. Cogió la ropa vomitada y la metió en la lavadora. Desayunó un vaso de leche fría, se lavó los dientes y, ante el rápido avance del asma, decidió que ya era hora de meterse un chute de Salbutamol.
Un repentino resquemor se apoderó de él cuando vio que no estaba en la mesita de noche. Miró en uno de sus cajones y constató aliviado que había un Ventolín allí.
Lo cogió y supo, por el peso, que estaba vacío.
-Mierda- dijo mientras lo agitaba.
El ruido que hace un ventolín vacío es pobre, es un ruido mecánico, insuficiente, a todas luces incomparablemente peor que el del medicamento empujado por el aerosol.
Javi abrió la boca aún sabiendo que no iba a recibir nada a cambio y apretó el émbolo a la vez que aspiraba. Era un movimiento automático fruto de las miles de veces que lo había repetido. Nada. Vacío. El ventolín estaba vacío.
Un sentimiento de frustración se apoderó de él. Empezó a ponerse más nervioso al notar que su asma iba en aumento. Le habían dicho mil veces que el asma tiene una parte psicológica, que tratara de tranquilizarse en un caso así, pero para Javi era imposible.
Fue a la cocina y buscó en el armario de las medicinas. Sabía que era inútil, pero aún así fue a mirar. Miró en la mochila de clase. Nada. En los armarios del salón. Nada. Debajo de los cojines del sofá del salón. En el recibidor, en pantalones, chaquetas, en el baño. Nada.Volvió a mirar en varios sitios de nuevo.Nada. Miró por toda la casa y no encontró nada.
Decidió ir a la farmacia a comprarse uno.
Buscando las zapatillas, que normalmente aparecían debajo de la cama en la parte más inaccesible, encontró, finalmente, un Ventolín.
Una fuerte alegría le inundó. Ya no tendría que bajar cinco pisos andando, ni subirlos luego. Había respirado el polvo producto de varias semanas sin barrer debajo de la cama, pero había valido la pena.  Lo cogió, salió de debajo y notó que el frasco de medicamento casi estaba vacío también. Lo agitó, parecía haber tan sólo unos microgramos en su interior. El pecho le pesaba toneladas a estas alturas, así que tuvo que contener su impaciencia, calmarse un poco y coordinar bien la sonora y renqueante respiración para aprovechar al máximo la única, al parecer, dosis que contenía el bote.
Apretó.
Salió una décima parte de dosis.
Apretó dos, tres, diez veces, desesperado. Estampó el bote contra la pared, haciéndolo añicos.
Se calzó y bajó a la farmacia. En las escaleras se cruzó con una vecina que le dijo algo ininteligible. Javi sólo oía su pecho, quejumbroso,  sus inflamados bronquios luchando contra si mismos, en una coreografía fantasmal.
Al salir a la calle el sol del mediodía le golpeó en la cara con un ensañamiento brutal. Se dio cuenta de lo fresco que se estaba en su casa, en pleno mes de agosto, y de la humedad asquerosa que reinaba en el ambiente. Quizá mantener encendido el aire por la noche había  sido excesivo, quizá fuera eso lo que le había provocado el asma.
Caminó a trompicones hasta la farmacia sólo para darse cuenta de que estaba cerrada.
De repente supo que era domingo. Fiesta, leche de marihuana, cocaína, domingo. Claro.
¿Qué más podía salir mal?
Llegó a los diez minutos a una farmacia que estaba abierta siempre. Llegó jadeando. Ya le dolía la espalda del esfuerzo de respirar. Tenía las uñas y los labios morados.

-P...o..r  favo..rr- consiguió jadear.-Un bote de ventolín.

La farmacia despachaba por una pared lateral, a través de una ventanilla por la que comunicarse y una caja giratoria engarzada en la pared que servía para recibir, previo pago, el medicamento.  El farmacéutico miró con cara de estar siendo molestado y desapareció en la penumbra.
Al volver con la caja dijo:

-Son, 4, 75.

A Javi le entraron ganas horribles de reír. Se le había olvidado el dinero.

-Por.. favor.. –dijo- necesito un par de inhalaciones, pero se me ha olvidado el dinero- ¿Podría hacerme el favor? Ahora vengo y se lo pago.

-Lo siento, no puede ser.

-¿Cómo?- Javi no podía creer lo que oía.

-Pues que no puede ser. Tienes que pagar por el producto.

Entonces Javi supo que era una de esas personas cuadriculadas que si no siguen las normas pueden sufrir una embolia. Es el tipo de persona que hace el mismo camino aunque alguien le diga que hay otro más corto. O un camarero que no puede ponerte un bocadillo de lomo con pimientos, aunque tenga pimientos y lomo, sólo porque en la carta no aparece. Le miró a la cara, respiró lo que pudo y se dio la vuelta.
Se dirigió a casa. El calor era tremendamente asfixiante y su asma estaba cada vez peor. Ya sólo le entraba un hilo de aire por el pecho, que casi ni se movía.
No oía nada que no fuera su asma, no veía nada. Tan sólo ponía un pie delante de otro, tembloroso. Clamaba por el aire fresco que no podía aspirar. En ese momento, se habría abierto el pecho con sus propias manos con tal de inundarlo de oxígeno. Respirar, respirar, respirar. Eso es lo único que importa a fin de cuentas.
Llegó a su portal. Le esperaban cinco pisos. Empezó a subirlos como quien sube el último tramo de la montaña más difícil de la tierra. Se apoyaba en el pasamanos, pero apenas tenía fuerza. Le dolía la  espalda. Es curioso, pensó, que lo que más me duela sea la espalda. Siguió subiendo. Un escalón, asma, otro escalón, asma, un perro ladrando en el segundo, asma, el sol entrando por el ventanuco entre el segundo y el tercero, asma, una chapa de la virgen de los desamparados encima del visor de la puerta de la vecina del tercero, asma. El asma lo inundaba todo, lo cubría con un velo dantesco. Se resbaló.
Cayó con las manos por delante y pudo ver las uñas negras y las manos amoratadas. Consiguió  incorporarse. Ya iba por el cuarto y le entró un miedo atroz a todo lo que estaba pasando. Nunca había sido tan rápido el ataque, nunca tan fulminante.
Fiesta, marihuana, cocaína, polvo, domingo, farmacia cerrada, farmacéutico cabrón. Claro.
Llegó a su piso sumido en el dolor, la frustración y el miedo. Metió la llave en la cerradura con mano temblorosa. Acertó a la primera de entre las cien mil llaves inútiles que llevaba.
Entro en su habitación tambaleándose y vio el charco de vómito verde.
Entonces vio la luz. 
Fue dando tumbos hasta el salón, cayéndose en medio. Se dio con la cabeza en la esquina de la mesa dándose la vuelta al caer, quedando de espaldas al suelo. El techo estaba sucio y en una esquina una telaraña colgaba, marrón y espesa, balanceándose cuando el aire acondicionado expulsaba su corriente hacia ella. Se imaginó sus pulmones llenos de arañas recorriendo los bronquios de arriba abajo, nidificando, comiendo sus tejidos, poniendo miles de huevos que eclosionarían al poco tiempo. Se dio la vuelta y empezó a arrastrarse hasta la cocina.
El ruido de la lavadora se hizo más audible. 
Se arrastró hacia ella, ya sin respirar, con los bronquios inflamados completamente, cerrados por el broncoespasmo, y trató de abrir la portezuela estirando un brazo desde el suelo. Pero fue inútil, el cierre de seguridad se lo impidió.
Entonces una paz extraña empezó a invadir su mente. Notó que el dolor desaparecía conforme avanzaba una acogedora oscuridad y sintió ganas de agradecer a la muerte su visita.
Cuando casi había cerrado los ojos por completo, el ruido de un objeto chocando contra el plástico del ojo de buey de la lavadora, le hizo abrirlos por última vez.
Al verlo, sólo pudo sonreír. Desde el interior del electrodoméstico un Ventolín giraba insultante, llenándose de jabón y de muerte sin sentido.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ay javiersito que penaa

Javi, también conocido como "el pulgas" dijo...

no passssa nada!! Que es todo inventado!!!
jajjajaja

un beso!