lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ESPACIO QUE DEJA VER MI PUERTA ABIERTA

A veces me pregunto si la belleza que hay derramada en el mundo es suficiente para contrarrestar toda la mierda. (Hubiera querido poner otra palabra, pero esta es la más adecuada). Veo a mis padres, casi ancianos, cruzando el espacio que deja ver la puerta abierta de mi habitación y la visión me resulta increíblemente triste. Ellos han luchado contra todas las trampas que les ha tendido esta cosa absurda, incomprensible,  y no elegida que llamamos vivir y están juntos y se ayudan el uno al otro en estos momentos duros tan injustamente prolongados. Justicia es una palabra que se la suda a la vida, claro.  Debería sentirme contento de verlos juntos, al pie del cañón, capeando el temporal. 
Debería, después de casi 10 años viviendo sólo, dejarlos en su vejez, venir a visitarlos con un hijo, una mujer y un trabajo decente, pero estoy aquí, como un jodido adolescente, sólo que tengo 32 años y ya tengo unas cuantas heridas de guerra.  Lo peor es que sé que no son las últimas. 
Es curioso,  Baco, nuestro perro medicina,  duerme ajeno a los problemas, más que nada por que no tiene.  Quizá el don de la inteligencia no es más que otra trampa. Somos el único animal que adora lo superfluo, que pierde el tiempo en estupideces. Decidme si alguien ha visto algún gorila en la selva o un ciempiés donde coño viva, o un león de la sabana, haciendo algo superfluo, complicándose la vida.  ¿Cuándo comenzamos a ponernos capas de “innecesariedad”? Ya ni siquiera podemos mirar a lo lejos,  nuestra visión está plagada de edificios, carreteras,  autobuses, pantallas. ¿Cómo afecta esto a nuestros ojos, a nuestra alma?
Ya ni siquiera es posible el silencio.
Pero entonces sucede algo. El discurso sincero de un amigo que te quiere, que confía en ti sus intimidades, el cálculo imposible de las constelaciones*,  la dulce arrogancia de luna,  una canción  triturando el tedio.
Entonces me cojo a eso, me alimento de eso y sello los distintos almacenes de tristeza que guardo en mis pupilas, en las canas que poco a poco me van apareciendo, y me digo que estoy vivo (esta es la mayor obviedad desapercibida del hombre) pero voy a morir (esta es la segundo mayor obviedad desapercibida del hombre) y no puedo permitirme el lujo de perder el tiempo en hacer otra cosa que no sea amar y divertirme. 

2 comentarios:

fiona dijo...

Totalmente de acuerdo, con lo fáciles que son las cosas a veces y lo complicadas que las hacemos siempre, no? Me encanta lo de perro medicina!!

Y no te preocupes, yo tengo 31 y no tengo ni pareja ni instinto maternal...jajajaj

Un beso!

Naray dijo...

Amén