lunes, 18 de julio de 2011

EXPEDIENTE DE REGULACIÓN DE EMPLEO

Esta es una historia de ficción y todos los personajes que aparecen son inventados. Todos menos las personas que, como directivos de grandes empresas, banca tradicional, fondos de inversión y agencias de calificación nos han metido en esta crisis. Las opiniones económicas de los personajes son sólo eso, opiniones. En cambio los datos numéricos y estadísticos que utilizo en la narración son completamente reales. 






Capítulo uno. 


José miró a sus hijos alternativamente y un aguijonazo de dolor hizo que su espalda en encogiera mientras se llevaba las manos al estómago.  Se levantó de la mesa y cogió un álmax del armario a sabiendas que no le iba a hacer ningún efecto. Hacía mucho tiempo que había dejado de hacerlo. 


-Papá, dile a Rubén que no me quite hamburguesa!


-Es mentira! Yo no le he quitado nada! Eres una idiota.


Y al cabo de un segundo, Rubén y Alba, de 7 y 9 años respectivamente se habían enzarzado en una discusión repetitiva y de volumen creciente sobre si el robo de la hamburguesa era un hecho probado o no. José cerro los ojos, se llevo la mano al entrecejo y se aplicó un leve masaje.  Quería gritar ¡basta ya joder, cerrad la puta boca! pero en lugar de eso se giró y se sentó a la mesa. Los niños, al ver la cara de su padre, se callaron al instante. 


-¿Que te pasa papi?, ¿Estás malo?. dijo Alba.


Claro. Era perfecto.


-Si Alba, papá tiene mal el estómago-dijo mirando de reojo a Ruben. 


Su hijo le miraba con expresión detectivesca nada disimulada. A veces parecía que tenía 20 años. Era muy inteligente, maduro. De hecho, sabía que a Rubén no iba a poder ocultárselo.
Ni falta que hacía. Dentro de poco no tendría nada para darles de comer ni casa para darles cobijo. 
¿Como había llegado a esa situación? Se suponía que telefónica era una gran empresa. Era algo seguro. Tenía beneficios multimillonarios cada año. ¿Por qué hicieron un expediente de regulación de empleo? Y los sindicatos tragando. Condiciones magníficas. Claro, si tienes el piso pagado, por supuesto. Pero con 42 años y tan especializado, en mitad de una crisis brutal, José no había sido capaz de encontrar otro trabajo. Dentro de un año, uno y medio a lo sumo, ya no podría pagar la hipoteca. Perdería el piso.  Quien sabe si protección social le quitaría a sus hijos. 
Se sentía aterrorizado y confuso. ¿Cómo había sido posible llegar a esta situación?.
Entonces, mientras repartía equitativamente las chamuscadas hamburguesas y veía el telediario, empezó a entender algunas cosas.  Una voz monocorde de mujer añadía sonido a las imágenes en las que aparecía un señor de mediana edad. El poco pelo que le quedaba era de color cobrizo. Sonreía tranquilamente. Era John Chambers, director gerente de Standard & Poor's, una empresa estadounidense de calificación de riesgo. José dejó de comer ante las barbaridades que decía el telediario que estaba haciendo ese hombre y algunos como él.  
Cuando acabó el telediario empezó a fantasear con su muerte. ¿Como sería matarlo? Imposible, para empezar. Un millonario así debe de tener protección privada de primera clase. 
Si, pero... ¿Cómo sería? Malditos especuladores... malditos todos. Los americanos y los españoles, grandes, pequeños, familias que compraron ocho pisos.  Dios, como odiaba a esa gente. Y ahora esto. Tres grandes empresas norteamericanas especulando con la deuda soberana de los países más debilitados por la crisis mundial. Se había quedado atónito ante el hecho de que bastaba que estas agencias rebajaran la calificación de solvencia de estos países para que perdieran en un día todo lo que había recaudado mediante recortes sociales, recortes concretos y sangrantes, que afectaban directamente a los cuidadanos. 
Apagó la tele y se conecto a internet.  No durmió en toda la noche. Estaba tan sorprendido, tan asqueado que no podía sino seguir abriendo páginas y más páginas, con información contrastada (sentencias judiciales, titulares de los más prestigiosos periódicos, redes sociales,   wikileaks) y real sobre los acontecimientos.  Por ejemplo, las mismas agencias que nos calificaban ahora, habían sido juzgadas por calificar con la máxima nota de solvencia, AAA, a bancos al borde de la quiebra, ocultaron también las pérdidas de Enron durante años, calificarón AAA a un país entero, Islandia, y días después ¡días!, quebró.  Pues bien, estas agencias estaban calificando la solvencia de españa y los mercados, es decir, 8 fondos de 
inversión anglosajones,  se estaban fiando de sus juicios y forrándose con ellos.
Con la banca la cosa era peor. El pueblo le estaba prestando dinero a la banca a un interés del 1% y la banca se lo dejaba a los estados al 4, 5 y 6% dependiendo de la calificación de las agencias. Era maná infinito para la banca. Un robo a gran escala permitido por la ley. Y con el pacto del euro se estaba firmando que el banco central europeo, que, a diferencia de la Reserva Federal estadounidense, era público, no pudiera comprar deuda soberana a ningún país. Eso quería decir que se firmaba la transferencia permanente y legal de dinero público a la banca privada. Se les había dado ya miles y miles de millones de euros. José no dejaba de preguntarse, mientra crecía su odio, cuanto habría durado la crisis si todo ese dinero se inyectara directamente en la pequeña y mediana empresa, en lugar de una banca que lo utilizaba para sanear sus cuentas o hacer negocios en países emergentes.
Se hizo de día mientras se informaba sobre la crisis financiera y de la deuda que estaba viviendo Europa, o parte de ella.  Dio un respingo cuando sus hijos entraron de golpe en la habitación del ordenador. 


-Papá! Nos apetecen tostadas de mantequilla con colacao! 


Se giró y los abrazó tan fuerte que los críos pronto se estaban zafando de los brazos de su padre. 


Los miró y sintió un odio brutal y sucio hacia el hombre gordo de pelo cobrizo, ese tal John Chambers. Ese y gente como él eran los culpables de todo. Hombres cuyo objetivo era ganar dinero a toda costa, hombres que se habían introducido en todas las instituciones sociales y políticas, repitiendo mentiras hasta convertirlas en dogmas (la empresa pública no puede ser rentrable, el estado tiene que desaparecer a su mínima expresión, hay que quitar todas las regulaciones en las finanzas) encerrando a la gente en una trampa mundial consistente en hacer depender a todos de la banca y sus designios. Que tenían ganancias, muy bien, para ellos. Pero las pérdidas no importaban. Las socializarían. Para eso los ricos si que eran socialistas. Se habían hecho tan grandes que no se podía permitir que cayeran. José no daba crédito. ¿Es que nadie se estaba dando cuenta?
El 15m le había dado ilusión al principio. Participaba y seguiría haciéndolo. Pero dudaba que consiguieran algo. Por lo menos facilitaban información. Habían hecho pensar al país. Incluso algún político les hacía guiños. Pero los poderosos no iban a permitir que las siembras del movimiento, siembras de una verdad débil e incapaz de florecer sin las condiciones adecuadas, dieran frutos.
 El rostro de John Chambers apareció otra vez en su cerebro, tensando su estómago, que se quejó con un trallazo de dolor punzante. 
José no supo si la bilis que escupió de su boca era a causa de la úlcera que, aunque no había sido diagnosticada, sabía perfectamente que tenía o del odio abismal y puro que sentía hacia ese desconocido. 
John Chambers, ¿Cómo sería matarlo?

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