miércoles, 7 de diciembre de 2011

Y DE REPENTE EL MAR

Camino en penumbras por una casa que no es mía. El suelo está helado, miro la danza etérea de unas cortinas blancas, casi transparentes. Todo está en silencio. Avanzo lentamente por un pasilllo a oscuras hacia la azulada frialdad del salón. Me encuentro en esa hora mágica en la que el día y la noche se funden y producen una quietud sagrada. Avanzo atravesando el salón hacia el balcón, hacia el misterioso baile de la cortina. Una ráfaga de viento silva al atravesar grietas y recovecos, la cortina se revuelve juguetona y el mar se muestra durante un segundo para volver a desaparecer. Salgo al balcón. Estoy en el décimo primer piso, admirando la inmensa impersonalidad del mar. Algunas golondrinas trazan caprichosas curvas en el aire. No hacen nada más. Me siento extraño a su lado, a tanta altura. Como un intruso. Es un punto de vista demasiado antinatural. Pero es tan bello. Es prontísimo, una fina línea naranja empieza a asomar por el horizonte. Hay un porro que sobrevivió a la noche. Lo enciendo, aspiro la mezcla de aire helado y humo caliente y mis pulmones protestan con una tos profunda y seca. Es demasiado pronto para fumar, es demasiado pronto para casi cualquier cosa, en realidad. Apuro el porro. Noto como se me eriza el bello de los brazos. Noto la carne de gallina en mi cuello, en mi espalda, en mis piernas. Vuelvo adentro, deshago el camino con el cuerpo helado, pero dentro de mí no tengo frío. Entro en la cama y te miro. Procuro acercarme sin moverme demasiado. Tu cuerpo irradia el calor por el que los hombres viven y se matan. Escucho tu respiración que es la música queda de esta hora mágica y detengo mi mano temblorosa en la primera parte de tu cuerpo que encuentro. 
Dejo de temblar, me relajo. Escucho el golpear de las persianas contra el cristal. Todo empieza a cubrirse de la paz del ahora. El temblor ha dejado paso a la cálida verdad del sueño.
No es demasiado pronto para seguir durmiendo.

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