Me pregunto que demonios está pasando. Veo carteles de neón parpadeantes. Veo bares antiguos con arrugas en las paredes. Veo caminantes solitarios con tierra en la mirada. Pienso: no hay nada como la luz de la luna en la superficie del miedo. Chasqueo la lengua, frunzo el ceño, me encojo en mi chaqueta, pongo un pie delante de otro. Camino. No se a donde. No hay destino. Esa fue siempre la trampa: creer que detrás de la siguiente curva terminaba el camino. Y entonces, dormido en el recodo, aparece el azar. Como un rayo invisible. Como una canción que nadie escucha. No te dirige. Te orienta sutilmente. Te estremece como el beso de una mujer oscura Y quieres que te atrape. Quieres que te diga que eres suya. Y sucumbir es un derrota tan dulce que sabe a pólvora. A resurreción. A sorteo en el acantilado.
Ahora llueve. No en la calle.
Cae la lluvia en el centro de mis huesos.
Pienso: nadie pone flores a las flores en los cementerios*
*recurrencia, no sé porqué.
Ahora llueve. No en la calle.
Cae la lluvia en el centro de mis huesos.
Pienso: nadie pone flores a las flores en los cementerios*
*recurrencia, no sé porqué.
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